HISTORIAS DE LA FERIA DE ALBACETE

Extraído del libro Gente de Feria de Miguel Lucas y Manuel Luna

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INTRODUCCIÓN: ALGO DE HISTORIA

Quizás lo que más haya llamado la atención a los estudiosos -que no son tantos- de la Feria de Albacete haya sido su continuidad en el tiempo, su carácter diacrónico. Las ferias más conocidas de nuestros días son bastante recientes y las más antiguas y famosas, Medina del Campo, por ejemplo, hace ya que dejaron de existir. Sin embargo, la de Albacete ha perdurado en el tiempo y se ha ido adaptando a los momentos históricos, modificando, eso sí, sus contenidos y significados. Economía, religión, ocio y divertimento se han confundido en el hecho ferial con preeminencia de uno u otro, según las épocas. Lo que hoy en día es una enorme celebración lúdica que pone fi n al estío, antes fue un mercado que abasteció de productos de todo tipo a una población necesitada de ellos. Igualmente, la religión acompañó, más en unos momentos que en otros, al evento ferial. No en vano el término “feria” procede de la palabra latina feriarum que los romanos usaban para señalar los días de fiesta dedicados a alguna divinidad. Al principio, en esas fechas se solían celebrar actos religiosos pero más tarde se combinaron con otras actividades de carácter comercial. El antiguo calendario hispano conserva el término para referirse a los días de la semana y, aún hoy, feria se utiliza en algunos países en este sentido originario: éste es el caso de Portugal, donde los días de la semana se denominan primera, segunda, tercera…. “feria”, sinónimos de domingo, lunes, martes, etc.
En Albacete, feria y religión estuvieron unidas desde que los franciscanos descalzos se instalaran en 1672 en las proximidades de la ciudad y promovieran una feria en los alrededores de la ermita de Los Llanos, lugar donde acudían en peregrinación numerosos fieles el 8 de septiembre a dar gracias a la Virgen de los Llanos.
Las ferias actuales son muy distintas y aunque procedan de aquellos antiguos eventos, de cuando las poblaciones empezaron a crecer y a necesitar productos que los comerciantes ofrecían en determinados lugares y en fechas fijas del año, se parecen muy poco a las reuniones de esos primitivos mercaderes, llamados pies polvorientos por su constante vagar por los caminos. Conocer e interpretar las ferias es, pues, un
ejercicio que necesita saber del contexto cambiante en el que se desenvuelven, no pudiendo catalogarlas como si de un hecho permanente e inamovible se tratara.
Hablar de la feria de Albacete es hablar del mito fundacional de la ciudad y es entonces cuando lo ancestral resulta más evocador que el Privilegio de 1710, que tan bien se rememoró. Historiadores como Aurelio Petrel han documentado que mucho antes del siglo XIV, ya se celebraban ferias, quizás debido al interés del Marqués de Villena por repoblar estas tierras y obtener beneficios de los mercaderes que comercian entre Valencia, Murcia, Cuenca y Toledo. El mismo historiador nos dice que
se trataba de dos ferias anuales que comenzaban los primeros de mayo y de septiembre con una duración de quince días cada una.

LO QUE NADIE SABE DE LOS MIGUELITOS

LO QUE NADIE SABE DE “LOS MIGUELITOS”
Se han convertido en un símbolo de Albacete y de la Feria de Albacete pero muy pocos saben su verdadera historia porque hasta en la prensa de la ciudad se han dicho muchas tonterías. Vamos a aclararlo en esta segunda entrega.
“EL MIGUELITO” es un pastel de hojaldre básico relleno con crema pastelera y azúcar. Altamente popularizado a niveles inimaginables para quien fuera su real y verdadero inventor el ya fallecido D. Manuel Blanco, titular del obrador que se ubicó durante años en el boulevard que hay al margen derecho de la población de La Roda, siguiendo la antigua carretera nacional en dirección a Albacete, entre Casa Juanito y el Bar Molina. Realmente serían otros establecimientos situados a la orilla de dicha vía los que darían publicidad a la golosina cuya razón de ser explicamos a continuación.
Entre otras cosas ha de saberse que Don Manuel Blanco López, de profesión pastelero, debía buena parte de su conocimiento en el oficio a su estancia en Pamplona, donde trabajó en el obrador de la pastelería Arrasate, lugar en el que aprendió, entre otras habilidades, las cualidades y bondades del hojaldre. De vuelta a La Roda, territorio manchego de tradición de tortas y bizcochos, intenta divulgar sus habilidades y con su esposa decide montar la confitería Blanco, quien a partir del momento se convierte en la dulcería de postín del lugar, toda vez que surte de pastelería dulce y salada a las fi estas y cacerías de las principales fincas del lugar: empanadillas pequeñas de hojaldre, tarta de cabello de ángel, lazos y “miguelitos”, ilustran con frecuencia estos eventos y constituyen la oferta para una demanda creciente de particulares que desde Madrid hasta Albacete se interesan por las manufacturas del pastelero. Sin embargo, cara al público, otros establecimientos próximos a la carretera, tal es el caso de confitería La Moderna, divulgarán los “miguelitos” con mayor efi cacia. Don Manuel Blanco muere en 1977 sin patentar sus inventos lo que permite que otros obradores rodenses fabriquen el producto en cuestión; ante tal circunstancia y en previsión de apropiaciones indebidas, el Ayuntamiento patenta la marca y comienza un despegue de la industria hasta la situación actual.
Los miguelitos de hoy distan en textura y acabado de sus ancestros, más crujientes y acaramelados por arriba, de ello aún dan constancia los antiguos empleados de Blanco, Collado y Fernández, en cuyos obradores realizan por encargo el antiguo pastel
Sirva como epílogo a esta crónica que la denominación “miguelito” obedece a una curiosa circunstancia: D. Miguel Onsurbe, actor y miembro de una familia honorable de La Roda, sorprendido en Argentina con el estallido de la guerra civil, miembro del cuerpo de actores de la compañía de Margarita Xirgu decide, dadas sus ideas, al parecer, afectas a la República, permanecer en América hasta mejor ocasión. Pasados los años, familiares y amigos favorecen su repatriación y vuelve al pueblo, desafecto ya a su antigua profesión dramática gustando del paseo y la tertulia como entretenimientos habituales. Entre sus idas y venidas, siempre tocaba parada en la confitería de su amigo y contertulio Manuel Blanco. Un buen día, este último confiesa a su interlocutor la intención de bautizar con un nombre a su última creación pastelera, un hojaldre básico con crema y azúcar, a lo que Miguel no tardará en sugerir su propio nombre en recuerdo de la amistad de tanto tiempo. Y así fue como “miguelito” vino al mundo de los pasteles vivos y con futuro, al extremo de mostrarse en esta Feria como uno de los productos de más relieve y empuje empresarial, no sólo en la zona, sino en toda la España gastronómica golosa y dulce. Decir también que la esposa de Manuel Blanco (aún vive) y sus dos hijos son de las mejores personas que hay por estos lares y nunca han mostrado interés por apropiarse de algo que siendo muy suyo es ya patrimonio de toda La Roda y Albacete. En la foto de arriba tenéis al artífice de los Miguelitos, el Sr. Blanco

ALIMENTARIA DE LA FERIA Y SUS COSTUMBRES

ALIMENTARIA DELA FERIA Y SUS COSTUMBRES
La Feria de Albacete es una gran fiesta, y en las grandes fiestas, junto a los grandes actos de representación simbólica, religiosos o profanos, aparecen rituales y comportamientos específicos del tiempo de holganza que se vive. Comida, bebida y música, son algunos de los elementos indispensables que justifican experiencias personales que dibujan entre nosotros una imagen particular del acontecimiento.
Coinciden autores expertos en los usos sociales de la comida en convenir que la conservación de los productos, la existencia de lugares de almacenaje saludables y su distribución a la población, son los conceptos que acompañan a la existencia de una oferta alimentaria solvente y la razón veraz del fin de las hambrunas que secularmente azotaron a la humanidad; será fácil, por tanto, imaginar todo tipo de suertes conservativas para atender los productos comestibles y las bebidas en una provisión de campaña, como la de la Feria, antes de conocer los refrescos embotellados de nuestros días y los alimentos congelados o envasados al vacío. De esta guisa las botillerías del recinto, una central a la entrada junto a una fonda-restaurante y otros varios establecimientos de construcción efímera, dispuestos a modo de carrera porticada en el actual “rabo de la sartén”, debían atender a medida la demanda de platos calientes y combinaciones de moda que , a modo de coctelería, debían elaborar alojas y otras sabrosas y refrescantes mezclas sobre una receta básica con vinos, jarabes, azúcares, miel y esencias, enfriadas gracias al hielo procedente de los pozos de nieve ubicados en el recinto. En lo corriente, para los viandantes deseosos de calmar la sed varios aguadores alquilaban sus botijos por una módica cantidad, extremo este que se ha mantenido hasta los setenta del siglo veinte en los aledaños de la llamada “cuerda” de suministros agropecuarios.
Precisamente es en este territorio porticado del círculo lateral derecho del recinto, que conocemos por “cuerda” donde se han mantenido hasta hoy “hornillas”, para la elaboración de pucheros tradicionales, utilizadas por los feriantes en siglos pasados, cuya oquedad alberga una disposición para una pequeña lumbre interior, que viene a dar constancia de esta práctica a través de una especie de alacenas geométricas, empotradas en varios puntos de la pared, tantas como inquilinos, que nos dan idea del tipo de vida del feriante residente del habitáculo comercial en el tiempo de feria, donde hace con la familia o empleados la vida cotidiana pernoctando en el sitio y cuyas camas se han organizado siempre en un jergón en el mismo establecimiento, tanto por economía como por seguridad. La finalidad de estas mini cocinas era la de permitir utilizar un fuego de pared suficiente para la elaboración del puchero, paradigma en los tiempos de ingesta mediterránea de interior. La receta, tan sencilla como general, se componía de una base de patatas, algún saborizante procedente de carne o pescado y sopas de pan para espesar el caldo, ya que el tubérculo se machaca con la proteína. A partir de aquí volaba la imaginación hacia un caldo rojo si llevaba pimentón, pebre si bacalao
Junto a la gran botillería y fonda numerosos tambaliches, garitas y ventorrillos ofrecían bebida y comida caliente, con la presencia de puestos de freiduría de churros de las llamadas “porras”, vendedores de berenjenas de Almagro y dulcerías varias antecesoras de los conocidos puestos de turrón, Con el tiempo, el trascurrir del siglo veinte reordena progresivamente los espacios del ferial y sus aledaños son reconvertidos haca una feria del ocio, que va limitando los espacios de carácter campesino y ganadero a la llamada “cuerda”, perdiéndose la venta de ganados en los ejidos tradicionales. Sucumbe el puchero público y privado, a favor de elaboraciones cada vez mas rápidas y consumo de embutidos y “pollos mareaos” en los merenderos del paseo, entre un océano de restaurantes, planchas y cocinas de las decenas de asociaciones y restauradores que pueblan el recinto y las casetas anejas a él, desde que la democracia abrió este espacio participativo a los sectores de sociedad civil. En tiempos de la transición política a la democracía, la apertura del Merendero Popular impulsado desde instancias cercanas del Partido Comunista produce un efecto en cadena que facilita la entrada en el recinto de nuevas asociaciones y empresas.. Mientras, se mantienen cuatro o cinco pequeñas garitas de sabor tradicional donde se fríen chorizos y morcillas entre algún tomate partido; establecimientos en suma que testifican la herencia de las antiguas instalaciones que en tiempos abastecieron a la población campesina llegada a la compra y venta de ganado. En las fotos aparece lo que queda de las antiguas cocinas, consumiciones en las ferias del siglo XIX y botillería efímera anterior al Templete.

BOTILLERÍAS Y FONDAS

BOTILLERÍAS Y FONDAS
En la Feria de Albacete de Albacete hubo gran actividad sobre los asuntos del comercio y del bebercio pero mucha gente no conoce cuán importantes fueron las llamadas BOTILLERÍAS. De ello nos toca hablar hoy.
A veces los historiadores muestran gran empeño en construir la historia política y los grandes acontecimientos de los países y sus lugares olvidándose de la otra historia, la de los pequeñas hechos, aunque, no por ello, menos interesante. En el caso de nuestra feria, sobre la cual queda mucho por escribir, vamos conociendo su contexto histórico, pero muchos de sus aspectos, quizás los más cotidianos, están por descubrir. El ser humano tiene una enorme capacidad para olvidar y basta una generación para que una tradición se borre de la memoria colectiva.
Puede ser esto lo que ocurriera con las botillerías y fondas que, hasta bien entrado el siglo XIX, salpicaban el recinto ferial, siendo El Templete el reducto aburguesado e intelectualizado de aquellas garitas, botillerías, quioscos y fondas dedicadas a reponer de líquidos y nutrientes a los feriantes y paseantes. En un expediente de obras del año 1864 sobre las reformas que el recinto ferial necesitaba –que siempre fueron muchas-, nos informan de los cambios a realizar en la Botillería (una chimenea nueva, derribar tabiques, etc,) y de una cocina separada del horno y del pozo en la Fonda. Hubo, al menos, una gran botillería (establecimiento de bebidas anterior a los cafés que, a veces, era sólo un tenderete de paso en el que se vendían los refrescos de entonces, tales como la aloja o el agua edulcorada con miel) y una fonda (casa de comidas con posibilidad de pernoctar), aunque, como ocurre aún en las medinas de las ciudades musulmanas, puestos de aguadores , refrescos y comida rápida hubo muchos.
Cuando las ferias se celebraban en los alrededores del convento franciscano de Los Llanos (antes de 1783), además de los numerosos puestos de venta de productos agrarios y de devoción, también se multiplicaron los de bebidas y alimentos. En esas ligeras construcciones, las garitas y botillerías, se expendían los líquidos entonces al uso como eran la aloja (antecesora del agua de cebada, de la horchata o de los refrescos ya que normalmente era sin alcohol), el hipocrás (vino especiado y hervido), la clarea (una especie de clarete manchego), la carraspada ( especie de cuerva con miel), el agraz (zumo ácido de uva blanca con cristales de hielo), tinto (vino de la zona que se traía en cuba para vender en los ejidos), cuerva (vino con azúcar que irá sustituyendo a los caldos con miel) el agua natural suavizada con el sabor a higo, etc. Cuando los tratantes de ganado cerraban un trato, normalmente se celebraba con un alboroque tomado en garitas y botillerías. En lebrillos –cuerveras- y pucheros de barro, al principio, y en recipientes de cristal, después, un cuartillo de esos vinos legitimaba el trato.
Desde la edad media se tiene información sobre estas bebidas frías y donde no faltaba el vino mezclado con miel –el azúcar casi no utilizaba entonces con fines edulcorantes- y especias. En 1529 el gran cocinero real Ruperto de Nola en su “Libro de guisados, manjares y potajes” nos da las fórmulas de estos bebedizos antecesores de nuestra cuerva, como en el caso de la clarea que para un azumbre de vino blanco dice que se “se le echaba una onza de especias, una libra de miel y bien mezclado y pasado por manga, hasta que se aclare” El mismo D. Quijote en su segunda parte nos habla que no “permite despensas ni botillerías, ai nos tendemos en mitad de un prado”. Rojas Zorrilla en su obra El profeta falso Mahoma, las enumera poéticamente y exalta su componente principal, el vino: Lindo potage es el vino/ o bien aya aquella cepa/que echo el farmiento, y la hoja,/ de adonde el razimo cuelga/que fue agraz y después uva,/ luego mosto y luego engendra/ hipocrás, clarete, tinto/ la carraspada, y clarea,/haloque blanco divino,/y otras treinta menudencias,/parece que estoy borracho/. Sabemos que en los corrales de comedias, como el de Almagro, había alojerías, o que en Madrid las cofradías tenían el monopolio de la venta de la aloja en los teatros, o que para Moratinos la congoja del amor se sanaba con aloja, o que había una aloja monacal, o que en nuestro recinto ferial se vendía en la Carrera de la Botillería. En la segunda mitad del siglo XIX, poco a poco, fueron sustituyéndose sus locales por modernos cafés y las bebidas por café azucarado de puchero y otros licores afrancesados, desapareciendo por completo hasta de la memoria colectiva.
En 1783, en el momento en el que se abre al público el nuevo recinto ferial, instalado ya en las afueras de Albacete – en las eras de Santa Catalina – lo que hoy conocemos con el nombre del Rabo de la Sartén, aparece en los listados del Ayuntamiento, con los apelativos de Carrera de la Botillería y Carrera de la Fonda (en honor a la amplitud de la calle y a la existencia de estos dos establecimientos), aunque en los planos originales este espacio se le denomina Nevateros, quizás en alusión a los pozos de nieve que suministraban agua en su estado sólido para las bebidas frescas

CUANDO LAS FERIAS SE CELEBRABAN EN EL CONVENTO DE LOS LLANOS

CUANDO LAS FERIAS SE CELEBRABAN EN EL CONVENTO DE LOS LLANOS
Estamos tan acostumbrados al recinto ferial de los Redondeles que se nos hace extraño pensar que hubo un tiempo en el que la
Feria de Albacete se celebraba en la actual Dehesa de los Llanos, lugar en el que se fabrican los ricos quesos y el buen vino Mazacruz. El paraje de Los Llanos está situado, para quien no lo sepa, al sur de la ciudad a una distancia de casi siete kilómetros y medio (a legua y media de distancia de la villa de Albacete). En Los Llanos se había iniciado el culto popular a la Virgen, congregando en la festividad del 8 de septiembre a numerosos fieles en la celebración religiosa que, muy pronto, fue acompañada de intercambios comerciales y presencia de garitos y puestos de venta diversos. El establecimiento, junto a la ermita de la virgen, de los franciscanos en 1672 reavivó aún más el comercio ya que en los aledaños del Convento se establecían todo tipo de puestos y garitas de venta de productos artesanales y de bebidas y comidas. Los caminos de la actual finca de Los Llanos, días antes del 8 de septiembre, se preparaban para el evento y se instalaban tenderetes y habitáculos para el comercio y la estancia. Llegaban, además de comerciantes, gentes del espectáculo (músicos, juglares, trovadores, saltimbanquis, danzantes, etc.) y limosneros que se ganaban la vida de feria en feria. Había quien aprovechaba este ambiente de bullicio y jolgorio para delinquir y, por ello, no era rara la presencia de guardas y vigilantes, a pesar de lo cual abundan las noticias de multitud de peleas, robos y fechorías. El Concejo y el Convento tuvieron especial cuidado en mantener la seguridad de los comerciantes e impusieron normas para mantener la Paz del Camino y la Paz de Mercado. Con el tiempo se empezaron a construir las lonjas y edificaciones especiales para albergar la feria convirtiéndose en porchados fijos en el convento hasta que el municipio acordó construir en 1783 un nuevo edificio en las afueras de la ciudad.
El 6 de marzo de 1710 el primer rey Borbón de la monarquía española, Felipe V, concedía un privilegio de confirmación de la Feria, en el que se menciona su relación con el nacimiento de la villa de Albacete en 1375. Esta confirmación significaba el traslado de la feria a la ciudad lo que provocó un largo pleito con los frailes del convento franciscano que no querían perder los beneficios económicos que este mercado de septiembre les reportaba. Ganó el pleito el Ayuntamiento de Albacete a los franciscanos para establecer de nuevo la Feria en la villa de Albacete en un edificio permanente para la feria, construido en un tiempo record de 33 días por el arquitecto Josef Ximenez en agosto de 1783.
En Albacete, feria y religión estuvieron unidas desde que los franciscanos descalzos se instalaran en 1672 en las proximidades de la ciudad y promovieran una feria en los alrededores de la ermita de los Llanos, lugar donde acudían en peregrinación numerosos fieles el 8 de septiembre a dar gracias a la Virgen de los Llanos.
El siglo XVIII: La Ilustración
A finales del Antiguo Régimen España carecía de un mercado nacional que uniese los diversos puntos peninsulares alrededor de un mismo sistema de precios y reglamentos mercantiles. Los ministros ilustrados eran conscientes de que para satisfacer las necesidades de una población que cada vez era más numerosa, no había otra solución que la de potenciar los intercambios entre las comarcas y territorios peninsulares. Hasta este momento, la mayor parte de la población practicaba la autosuficiencia y tan solo unas cuantas tiendas ofrecían otras mercancías. Sin embargo, los cambios económicos del siglo XVIII irán necesitando nuevos puntos de encuentro para la venta de los excedentes agrarios que paulatinamente se van produciendo por toda la geografía española. Las medidas liberalizadoras de los ilustrados en cuanto a la supresión de algunos impuestos y trabas comerciales fueron extendiendo el calendario de ferias y mercados.
Con la autorización legal del privilegio comercial, el Concejo de Albacete ordenó el traslado desde Llanos a la Plaza y calle Mayor. Los frailes atentos a la pérdida de una financiación segura desoyeron los preceptos terrenales y durante años asistieron los comerciantes a una “feria dividida”, que calificó, (en 1883), adecuadamente el historiador D. José Sabater y Pujals.
Entre los años (1710 – 1712) la feria se celebró en dos lugares distintos. Por un lado, donde había indicado el municipio y, por otro, en la zona colindante al Convento Franciscano. Incluso en 1712, el Guardián del Convento había tratado de legitimar la irregular ubicación del tesoro económico requiriendo a los regidores albaceteños un establecimiento definitivo del evento comercial en los Llanos. La negativa fue desoída, al igual que una nueva misiva, el 7 de noviembre de 1712, del Concejo a los regulares expresando que el lugar de los Llanos no tenía agua para atener a los comerciantes, era inseguro, y estaba despoblado. Por último, una nueva carta en 1716 recordaba a los prelados la necesidad de cumplir la ley y no concitar a los mercaderes a las puertas del templo.
Treinta años después de divergencias y desoídas órdenes determinó al Consejo de Castilla por enviar a uno de sus vocales, natural de Albacete, Don Pedro de Cantos y Benito. Por solución comenzó a construir unas lonjas para albergar mejor a los mercaderes, circunstancia que aprovecharon los monjes para aumentar el numero de puestos hasta las mismas puertas del convento, con la oposición del funcionario real y del Concejo de la villa.
Terminando la década de 1740, tanto las autoridades religiosas como las civiles recriminaron las acciones de los conventuales, y , en especial, en una última carta del 26 de enero de 1755 del General de la Orden de los Franciscanos indicando que era una “grave irreverencia de un Santuario tan venerable y de lugar sagrado… y desdice de la observancia Regular”. Un nuevo intento de solución por parte del Concejo de Albacete fue adquirir en 1767 las naves construidas por Pedro de Cantos. Ya en época de Carlos III, mediante auto rubricado en Madrid el 11 de julio de 1781, se autorizaba al Concejo de Albacete para que utilizase cuantas dependencias del convento fuesen necesarias para la celebración de fiestas o misas en honor de la Virgen de los Llanos, patrona de la villa. El auto estaba firmado, entre otros, por el Magistrado Campomanes, que poco después sería ministro de la Ilustración.
En 1783 hubo un cambio de timón en la situación, la ciudad quiso recuperar la feria para sí dotándose de un edificio propio y exclusivo en el lugar mantenido durante siglos: las eras de Santa Catalina. En sesiones de 2 y 3 de agosto de 1783, el Concejo de Albacete acordó construir “las nuevas obras que han de servir para celebrar la feria”, con arreglo a los planos hechos por el Maestro Arquitecto Josef Jiménez. Las obras del círculo interior duraron 33 días y los mercaderes se aproximaron a unas instalaciones cómodas y cercanas a la urbe. En 1784, bajo la dirección del Arquitecto Antonio Cuesta, concluyeron los trabajos.
La Gaceta de Madrid de 6 de febrero de 1784, en sus págs. 131-132, recogió el permiso concedido por el Consejo Real para establecer el lugar de la Feria en las eras de Santa Catalina, validando así la opción acometida por los albaceteños.
Al año siguiente el Ministro Floridablanca acusaba recibo de la misiva recibida desde el Concejo de Albacete, con proyecto y coste de la obra, y se comprometía en ayudar a la nueva instalación comercial. El Conde de Floridablanca fue impulsor económico de la ilustración, adoptó el libre comercio con los territorios de ultramar y creo el Banco de San Carlos, en una época de gran importancia para las ferias interiores como Mairena, Tendilla, Trujillo o Benavente.
La Feria de Albacete en la época ilustrada, recibió un fuerte impulso en un ambiente económico mercantilista, de protección manufacturera y fuerte tracción comercial emanada de la Junta de comercio, moneda y minas. La pacífica llanura concitaba a comerciantes valencianos, murcianos, andaluces y del resto de la Mancha. Algunos de aquellos comerciantes, en otra constante en Albacete, se establecieron definitivamente en la ciudad de la llanura. Por ello, es probable que en estos años de finales del siglo ilustrado de cuatro se pasase a más días de celebración, o así se sobre entiende a través de las informaciones posteriores a 1813.
En las fotografía tenemos la Dehesa antes y ahora y el proyectos de recinto de Lucas Corrales con su firma.

NO HAY FERIA SIN LOS PUESTOS DE HORCAS Y BASTONES

NO HAY FERIA SIN LOS PUESTOS DE HORCAS Y BASTONES
La Feria de Albacete, como venimos diciendo, es fundamentalmente un resquicio del mundo rural. Si el Miguelito es el símbolo actual de lo gastronómico, las horcas y bastones son la representación más visual del equilibrio del mundo rural y todo gracias a un árbol, el ALMEZ, al que le debemos mucho y sobre el que también sabemos poco. En este post, dedicado a mi amigo Jose Antonio Escribano Moreno, que seguro algo sabe de horacas, algo aprenderemos.
Sigue llamando la atención a los visitantes y turistas de la feria los numerosos puestos de útiles fabricados con la madera del almez. Horcas, garrotes, bastones, astiles, mangos y algunas otras adaptaciones más recientes, se exponen un esos arcos que siguen manteniendo un sabor muy tradicional. Es el mejor ejemplo de todo un ciclo productivo, propio de economías tradicionales, en el que todas las fases y tareas son controladas por los propios artesanos. Desde la materia prima, en este caso el cultivo y laboreo del almez, su transformación artesanal en una variada tipología de productos, y su comercialización en ferias y mercados.
Se cuenta en los pueblos de la provincia que, bien temprano, los agricultores que iban a pasar el día a la feria, lo primero que hacían era escoger la horca o el garrote más estirado y recto que encontraban; después lo paseaban durante toda la jornada a hombros, como si de un gran amigo se tratara, -quizás intuían un futuro asido a esta madera y las muchas penas que ambos sufrirían-. Aún duermen en cobertizos y corrales de las aldeas muchos de estos trofeos de un día de feria.
Las horcas en 1843 ya las vendía Juan Yañez, F. Martínez, Carpio y Hernández, todos de Jarafuel y que aún siguen sus descendientes ocupando las mismas arcadas.
Se cuenta en nuestros pueblos que bien temprano, los agricultores que venían a pasar el día a la feria, lo primero que hacían era escoger la horca o el garrote más estirado y recto que encontraban; después lo paseaban durante toda la jornada a hombros, como si de un gran amigo se tratara, puesto que intuían el futuro asido a esta madera y las muchas penas que ambos sufrirían. Aún duermen en cobertizos y corrales de las aldeas muchos de estos trofeos de un día de feria.
Las hoces que forma el Júcar a su paso por Jorquera, Cubas o La Recueja aún son frecuentadas por los artesanos de Ayora que miman este árbol que a lo largo de la historia ha estado muy ligado a la las tradiciones y quehaceres del medio rural, bien fuese para la elaboración de útiles de trabajo, para aprovechar su sombra para el sesteo del ganado, para alimento por sus frutos comestibles o hasta para la realización de fórmulas magistrales de uso médico.
El almez es un árbol caducifolio de hasta 25 m. de alto, de copa
frondosa y ovalada, tronco recto y corteza lisa que en la vejez
se agrieta un poco. Este árbol produce un fruto llamado “lidrón”, que en el centro tiene un hueso, que ocupa casi todo el fruto. Así los frutos son poco carnosos y adoptan la forma de drupa (con una o más semillas y rodeados de piel algo gruesa), redondeada de 1 cm. de tamaño, con un largo pedúnculo.
El almez es un árbol que se distribuye por toda Europa meridional, no siendo exigente respecto al suelo en el que crece. Aparece en altitudes que oscilan entre los 200 y 1200 m., siendo un árbol que agradece la orientación total hacia el sol, ya que no resiste bien el frío intenso. Suele presentarse en barrancos, montes bajos peñascosos y en linderos de campos.
Los aperos de almez vendidos en la feria de Albacete proceden de los árboles del Valle de Ayora y desde siempre los artesanos de los pueblos de este valle (Ayora, Jarafuel y Zambra) son los suministradores de este tipo de útiles tan necesarios para las faenas del campo.
Se trata de un árbol que a lo largo de la historia ha estado muy ligado a la las tradiciones y quehaceres del medio rural, bien fuese para la elaboración de utensilios, utilizando su sombra para sestear el ganado, siendo sus hojas un buen alimento para el mismo, por sus frutos comestibles, etc.
Asimismo su madera, debido a su gran resistencia, se ha venido utilizando en tonelería y para la fabricación de remos y aperos de labranza. Además las drupas, tradicionalmente, se utilizaban para la elaboración de mermeladas y confituras, o se comían directamente, siendo muy ricos en vitamina C, hierro y potasio. También se ha utilizado para fijar laderas, y para alineaciones o la marca de linderos. También, por su frondosidad y su sombra se utiliza como árbol ornamental en jardinería.
En las fotos tenemos al abuelo Martínez, que ya venía a la feria, a sus descendientes en un puesto y escogiendo las ramas para luego hacer horcas y almetes entre fincas cumpliendo el papel de fijar el suelo y separar propiedades

QUINCALLA, CENCERROS Y JUGUETES

QUINCALLA, CENCERROS Y JUGUETES
La Feria de Albacete, como gran mercado que fue, se especializó en la venta de productos que no eran habituales en los comercios de una pequeña ciudad. Uno de los resquicios de aquellas ferias tradicionales son los numerosos puestos y arcos del ferial dedicados a la exhibición y venta aperos, artilugios, ajuares, maquinaria, juguetería, horcas, bastones y otros útiles de labranza. Es lo que nos queda de aquellas ferias tradicionales y que bien podrían dar vida a un futuro museístico del hecho ferial.
Los productos que se comerciaban eran muy diferentes, según los casos. Fue habitual el comercio textil (lanas, paños, sedas, etc.), las especias (azafrán, canela, cominos, alcanfor, mirra, azúcares y otros productos de usos medicinales), vidrio y metales (oro, plata, hierro, quincalla), loza y barro, alimentos (cereales, vinos, carnes, frutas, etc).
Como dijimos el otro día durante los años en que la feria se celebró en lo que hoy es la Dehesa de los Llanos, más de doscientos puestos o porchados, como entonces se llamaban, de todos los productos que los agricultores necesitaban, se instalaban por sus ejidos. En los alrededores del convento y ermita de los Llanos se distribuían a modo de callejero un haz de puestos ordenados en unas vías que recibían estas denominaciones: Porchados de Donate, Camino de Albacete, Porchados Cubiertos, Carrera del Atrio, Carrera de la Viña, Carrera de Albacete por el pozo y Carrera de Jalmeros (en honor a los guarnicioneros que allí se instalaban).
Con el cambio en 1783 al nuevo recinto ferial, los “porchados” pasarán a llamarse “arcos” y el ayuntamiento los ordenará con las denominaciones y formas muy parecidas a las de hoy. Quizás el cambio más llamativo se haya producido en lo que actualmente conocemos por Rabo de la Sartén, lugar donde en 1783 se instalaron los espacios de parada y fonda y que, quizás por ello, el Ayuntamiento los llamó Carreras de la Fonda y Botillería y anteriormente, según se observa en unos de los planos del recinto, de los Nevateros.
Cuando hoy visitamos el recinto ferial, sólo en determinados espacios se percibe lo que antiguamente se exhibía en los puestos y arcos de los círculos o del rabo de la sartén. Valga, para hacernos una somera idea, que en los años veinte del anterior siglo los más de doscientos puestos feriales del interior del recinto se dedicaban principalmente a la venta de: horcas, turrón, gorras, tejidos, encuadernción, quincalla, perfumes guantes, medias, monederos, cacharros; platerías cordobesa, neceseres y muebles; vinos, cuchillos, abarcas y sandalias, guarnicionería, mantas y lana, alhajas, batería, ferreterías, máquinas de coser, etc. Como vemos, muy distinto a lo que hoy estamos acostumbrados a observar, aunque los mayores sí que recuerdan parte de este mundo en tránsito.
Muchos arcos feriales de los redondeles ofrecían el menaje para el hogar y, con el tiempo, se fueron especializando en juguetes. Al principio eran de hoja de lata y de cartón-piedra y después de materiales más modernos, hasta llegar al plástico.
Artesanos del hierro y del latón de toda la comarca aprovechaban los días de feria para vender la producción excedente de sus talleres.
Mención especial merecen los CENCERROS de Almansa que son el último reducto de la feria agraria. Muleros, pastores y ganaderos realizaban sus tratos de compraventa y, también, se proveían de los aperos necesarios para la ganadería: cencerros, monturas, palos, botas, vestimenta de caballerías, etc.
El cencerro o gangarro, como se llama por aquí, es necesario como señal acústica para diferenciar a los ganados. Localizar, conducir, acompasar, cazar y ensordecer a los tiros de carro, recuas de mulos, cacerías, etc, hacen de estos instrumentos musicales, más o menos destemplados, una necesidad para este mundo ganadero.
Al existir pocos cencerreros en España, sus trabajos se distribuían por toda la geografía española en estos mercados y ferias. La elaboración de cencerros y esquilas para el ganado es una artesanía típica de Almansa, que está en vías de desaparición. Aunque es probable que la fabricación sea anterior, la generalización de la artesanía parece que data del siglo XVII. A mediados del XIX, según el diccionario de Madoz, existían seis talleres. Tras la guerra de 1936 estaban abiertos 15, que llegaron a producir unas 50.000 piezas anuales. Hoy quedan solamente dos talleres.Su fabricación sigue en síntesis este proceso: primeramente se corta la chapa de latón a la medida deseada, dándole la forma mediante forja a fuerza de martillo; una vez colocada el asa y las pedreras, se introduce en el interior un trozo de cobre y se mete en la fragua donde se funde con la chapa y queda todo de una pieza; luego hay que templarlo y afinarlo a base de golpes de martillo alrededor de la boca y de oído, hasta conseguir el tono y timbre deseados, procurando que su sonido sea armonioso. Lo normal es que se vendan sin badajo, siendo los encargados de fabricarlos, a base de madera y hueso, los propios pastores. En las fotografías ofrecemos imágenes actuales e artesanos y comerciantes del recinto: familia Sanz, Ángel el de la Quincalla y Cencerros de Almansa

LA PRESENCIA DE LOS GREMIOS DE CALDEREROS, JALMEROS, TALABARTEROS Y OTROS OFICIOS EN LA FERIA.

LA PRESENCIA DE LOS GREMIOS DE CALDEREROS, JALMEROS, TALABARTEROS Y OTROS OFICIOS EN LA FERIA.
La Feria de Albacete hoy es de ocio pero su carácter protoindustrial queda presente en la toponimia y en las actividades de muchos puestos de venta. Hoy haremos un breve repaso a ello.
El gremio de caldereros tuvo en Albacete bastante importancia y así los atestiguan los numerosos trabajos sobre los oficios en la villa y, también, la referencia gremial del callejero. Otros objetos metálicos hechos a base de bronce, hierro forjado, hoja de lata, latón y plata, fueron en su día muy demandados y vendidos en muchos puestos feriales. En la actualidad, este movimiento ha quedado reducido a un par de puestos de calderería, una exposición de bronces y los de navajas y cuchillos, estudiados aparte. El ajuar doméstico (ollas, sartenes, trébedes, pringueras, candiles, faroles, carburos, calderas, lebrillos, etc,), artículos metálicos más lujosos (braseros, candelabros, almireces, pesas, objetos de plata, etc) y la bisutería y otros objetos de metal de poco valor reunían a artesanos y comerciantes de procedencia diversa y, a veces, muy alejada de Albacete, como el caso de los plateros cordobeses.
Al ser la feria, desde sus orígenes, un evento donde el ganado ocupa un lugar fundamental, no es extraña la presencia de los artesanos y comerciantes relacionados con la vestimenta y equipamiento de mulas y caballerías. Ya mencionábamos que, cuando la feria se celebraba en el convento de los Llanos, debió haber numerosos porchados en la Carrera de los Jalmeros dedicados a estos menesteres. La referencia gremial nos hace pensar en la ubicación, en esta vía de los jalmeros, de comercios relacionados con aperos y vestimentas para mulas, asnos y caballería en general. Cuando la feria se traslada al recinto y la Cuerda ganaba importancia, las ventas del equipamiento para los ganados y animales de tiro irían en aumento. Artesanos de la comarca y de otras provincias con tradición de trabajar el cuero, la cordelería y otros aperos de labranza, montaban sus puestos en el círculo interior y exterior. La relación de puestos de 1900 nos describe a guarnicioneros de Baeza, El Bonillo (Gabriel Martínez y José Ramón Gutiérrez), Villarrobledo (Hermanos Segovia, Hermanos Santos, Pascasio Navarro y Bernardo Romero), Barrax (Francisco González), Albacete (Francisco Chapín), Tarazona de la Mancha (Gabriel Morán), Alcoy (Francisco Fernández), Murcia (Joaquín Ruiz y José Tristán) y algunos más de la zona levantina. En la actualidad quedan algunos arcos que mantienen viva la tradición de estos oficios casi desaparecidos.
En las relaciones de puestos analizadas para el siglo XVIII y XIX, no aparecen arcos de navajas; si se vendían navajas o cuchillos sería en los puestos de otros productos, tal como los de quincalla. Parece que a mediados del siglo XIX, con la llegada del ferrocarril y la consiguiente expansión de la cuchillería, ya empezamos a encontrar en la relación de arcos feriales, solicitudes de comerciantes que, entre otras cosas, venderían las navajas de los talleres de la ciudad. De igual forma, y tal y como sucede en la actualidad, los mismos artesanos eran los que se las ingeniaban para vender su mercancía de la forma más directa. Vendedores ambulantes, del estilo de los mochileros, seguro que se pasearían día tras día por todo el recinto ofertando estas mercaderías en unas “maletas” abiertas donde exhibían las navajas (aún las podemos ver en el Museo de la Cuchillería). En las tarifas de la ocupación de vía pública del año 1870, observamos que se cobra una pequeña cantidad (no llega a un real de peseta) a los cuchilleros que improvisan mesas o cajones para apoyar las “maletas” con su material de cuchillería. De nuestra época, los primeros arcos los puso un artesano, “Picatorres” y luego Sáez.

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